IV. Pacífico Sur
Pasaron muchos años antes de entender la naturaleza del infierno.
Antes del bautizo del fuego, muchos antes del antes, la vida era una hecatombe en todas sus formas y magnitudes. La tragedia personal seguía a la tragedia mundial. Pero eso sólo era una forma de ver al mundo que fui superando lentamente.
Cuando llegué a Cuicuilco, desafortunadamente ya había pasado por otros lugares y por eso amé tanto al edificio que está al lado de Cuicuilco. En la edad de 17 años mi amigo David me llevó a conocer a los antropólogos, esas criaturas extrañas, que al igual que yo; conocían el país y la vida canija que plaga este mundo de pobres. Con ellos nunca he sido extraña.
Sin embargo al llegar a la escuela de los antropólogos me sorprendió la alegría y el fandango en el que estaban, los colores, los idiomas, la diversidad de músicas y de idiomas que dominaban el ambiente; y como un incienso pesado dominaba todo el ambiente. Me enamoré de México con toda la fuerza de mi alma.
Al verlos a todos juntos, no los vi a ellos, sino a mi misma caminando en sus patios, pidiendo agua después de largas jornadas, mirando a sus bestias cansadas, a un México agotado de caminar y de trabajar para una clase colonizadora que nada tiene que ofrecerles. Nada.
Ahí estaban, en ese país sin oportunidades reunidos por primera vez con la intención de cambiar el mundo en el que viven para que la ley los considere como sujetos de derecho. Fue la primera reunión del Congreso Nacional Indígena en el DF. Miré en sus ojos y a través de sus ojos, y la verdad es que nada miramos mutuamente, así de sencillo como es el amor.
Me juré ayudarlos y jamás renunciar a su lucha. Les fallé, así como todos fallan.
En ese lugar conocí a los hombres que me llevaron a la tierra de mi padre, sin darme cuenta una tarde estaba en la cima de una montaña mirando el río de Coyuca serpentenado en el horizonte. A mi lado el hombre que amaba y por el otro lado nuestros muertos. ¿Cómo puede ser que en la inocencia de una belleza plurietnica termina uno sentado al lado de un mando guerrillero?
El Pacifico Sur, majestuoso, desde la sierra siempre estaba frente a nosotros, aprendí tantas cosas sobre la muerte, la perdida irreparable, el desamor y la mentira en ese sitio, que nunca regresé. La persona que regresó no fue la persona que se fue.
Hasta el día de hoy, casi nadie entiende cómo ocurrió esa transformación, para mi es obvio: puse los pies en la tierra.
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